El amor deja de medirse por la magnitud de las intenciones y pasa a medirse por la calidad de la atención, la escucha y el trato en el día a día.
El futuro compartido se sostiene en palabras y deseos; la práctica cotidiana se sostiene en actos repetidos. Aparecen las rutinas, los rituales pequeños y los acuerdos implícitos sobre cómo habitar el espacio, el tiempo y los afectos. La pasión episódica da paso a una intimidad más profunda basada en la previsibilidad y la confianza mutua.