Por primera vez en la historia, casi todo el conocimiento humano está a un clic de distancia (ej. papers científicos, cursos universitarios, datos históricos). Esto permite el aprendizaje instantáneo y la capacidad de adquirir habilidades rápidamente.
Internet funciona como una memoria externa global. Ya no necesitamos memorizar hechos, sino saber cómo y dónde encontrar la información, liberando recursos mentales para el pensamiento crítico y la resolución de problemas más complejos.
Sin embargo, la avalancha constante de notificaciones, noticias y contenido superficial reduce nuestra capacidad de concentración profunda y nuestra paciencia para abordar textos largos o ideas complejas. La atención se fragmenta.
Los algoritmos de Internet nos alimentan con contenido que confirma nuestras creencias preexistentes, esto nos lleva a una reducción de la capacidad de debate constructivo y a la incapacidad de procesar información que desafíe nuestra visión del mundo, haciendo que colectivamente estemos menos equipados para llegar a consensos.